¿Ha sido egoísta? Dos veces -al inicio y al final del documental- pregunta la hija al padre. ¿Pero has sido egoísta con tu familia? La respuesta va a llegar después de 70 minutos de metraje. El padre – que renunció a ser tal- dirá que sí, implorará perdón. Y la hija, después de escuchar/conocer la historia, perdonará, justificará las ausencias. El cine, a veces, sirve para comprender, sanar, ponerse en el lugar del otro.
“Tras las huellas de un dinosaurio”, de Viviana Saavedra Del Castillo, es un documental que usa archivos familiares para contar una historia en primera persona; es el género que mayores alegrías ha dado al cine boliviano en los últimos años.
Y para muestra, botones: “Algo quema” (2018) de Mauricio Ovando de la Quintana, “Compañía” (2019) de Miguel Hilari, “Achachilas (2021) de Juan Gabriel Estellano, “El disco de piedra” (2023) de Geraldine Ovando, “Llaki” (2024) de Diego Revollo, “Nicola” (2024) de Pablo Terrazas y “Me río de las olas” (2025) de Azeneth Farah, entre otros. El documental boliviano es el secreto mejor guardado del cine latinoamericano.
Suena la cueca de Nilo Soruco Arancibia, esa que dice: si el río del tiempo quisiera marcharse para no volver…Vemos fotos de un padre, una madre y una hija. El padre es Henry Saavedra Coca y la hija es la cineasta Viviana Saavedra, la autora del documental. ¿Cuándo vas a volver a casa? Más preguntas sin respuestas. El cine, a veces, sirve para buscar, entender, encontrar, conjurar silencios.
Escuchamos casetes y vemos videos caseros, leemos recortes de periódico, recuerdos en sepia. Y más interrogaciones de niña curiosa: esa huella, ¿qué tanto dinosaurio es? Cuenta la hija ahora que cuando decía en la escuela que su padre buscaba dinosaurios nadie la creía. Quizás, ni ella lo creía. ¿Cuándo te has ido, papá?
Henry Silvestre Saavedra Coca (1946-2017) fue uno de los ayudantes de Laboratorio de Paleontología que colaboraron con el paleontólogo eslovaco Leonard Branisa, descubridor de las huellas de dinosaurios de Torotoro (Potosí). El propio Saavedra y otros ayudantes, como Mario Jaldín, también se atribuyen el hallazgo de esas 16.000 pisadas de dinosaurios de una antigüedad de 7.000 años (acaban de ser descubiertos, en un guiño al documental, más huellas de tiranosaurios Rex, terópodos y saurópodos). Es el río del tiempo haciendo travesuras, cantaría Nilo Soruco.
“Tras las huellas de un dinosaurio” es el canto de amor de una hija a la pasión de un padre enamorado de animales gigantes desaparecidos, como los amigos del barrio, como los cantores de radio. Y junto a él, una barra de quijotescos paleontólogos, espeleólogos y expertos aficionados de fósiles profundamente enamorados de los “reyes del mundo”.
Es también una reivindicación de los locos “ayudantes” bolivianos -a la orden de científicos extranjeros “expertos”- que no se cansaron/cansan nunca de denunciar el robo/saqueo del patrimonio boliviano (muchas veces con la complicidad de embajadas y valijas diplomáticas; la del Japón, principalmente). Hasta aquí, las buenas noticias.
Cuando el documental abuso de las tomas aéreas (pinche/insoportable dron); cuando se pierde y amaga con quedarse en una película de postales turísticas; cuando mira por encima del hombro en actitud paternalista/colonial a los hombres y mujeres quechuas de Torotoro; cuando la música parece convertir al filme en un videoclip, la película de Saavedra se convierte en un “pez ciego” y naufraga (tal y como lo hizo su ópera prima “Cuando los hombres se quedan solos”, un melodrama reaccionario y fallido, codirigido junto al fallecido Fernando Martínez).
“Tras las huellas de un dinosaurio” recupera su “ajayu” -cerca del final del metraje- al volver la autora a los poemas y diarios del padre, al confesionario.
Con producción de Rodrigo Quiroga Castro, montaje de Daniel Moya Orías (autor a cuatro manos del guion junto a la directora y responsable de una edición que no se atrevió a cortar por lo sano en la primera parte del filme), excelsa fotografía de Gustavo Soto Núñez y dirección de arte de Marisol Calle, la película regala planos abstractos hermosos en la cueva de Umajalanta, una película -de terror y alucinaciones- dentro de la película.
Son momentos fugaces y poéticos, otra vía no explorada en este documental extraviado durante su largo nudo, rescatado en su introducción/desenlace cuando la película -hace de terapia- y sirve para que una hija se reconcilie con un padre frente a la lápida del cementerio donde descansan sus huellas. Aquel dinosaurio ¿qué tanto su padre era?
Post-scriptum: el documental -la decimoséptima película nacional que se estrena este año en pantalla grande- se exhibe actualmente en la Cinemateca Boliviana (de La Paz).
