A las 11.40 se abrió una puerta lateral en la sala en el piso 26, con paredes tapizadas en madera oscura y piso con alfombra azul, con vistas elevadas a los puentes de Manhattan. La audiencia, que había hecho fila desde la madrugada para presenciar el momento, contuvo la respiración cuando el reo ingresó al recinto principal de la Corte del Distrito sur de Nueva York: con paso lento, mucho más delgado y una sonrisa débil, Nicolás Maduro, de 63 años, se presentó a su segunda audiencia judicial desde que fue capturada el 3 de enero de este año.
Con uniforme de presidiario color beige sobre una polera naranja, en zapatillas y sin esposas, Maduro, que rigió con mano dura su país por años, ahora se dejó ver ojeroso, algo demacrado y con varios kilos menos que la última vez que se presentó en público, hace 80 días, en una primera audiencia. Igualmente, su metro noventa sobresalía entre todos los presentes.
De apariencia más frágil, su mujer, Cilia Flores, de 69 años, vestía uniforme de prisión verde seco, arriba de un suéter gris, y el cabello atado en una colita de caballo. Estaba maquillada.
En medio de un fuerte operativo de seguridad habían llegado en camioneta de madrugada, a las 4.30, al edificio de la Corte, para evitar a periodistas, curiosos y manifestantes que se aglutinaron desde temprano en la puerta del lugar. Los que pudieron acceder a la sala, entre ellos Clarín, fueron obligados a dejar teléfonos, grabadores, laptops y cualquier objeto electrónico en seguridad. Solo lápiz y papel, a la vieja usanza.
No hubo cámaras ni fotógrafos. Solo tres mujeres artistas retrataron la escena con ilustraciones en pastel, que fueron luego distribuidas a los medios. Las reglas eran muy estrictas, con riesgo de cometer un delito federal: no se podía hablar, gritar, susurrar ni hacer cualquier gesto extraño. Mucho menos pararse para observar a los detenidos.
Ya en la sala, donde había unas 120 personas, Maduro y Flores se sentaron entremezclados entre sus abogados defensores, encabezados por Barry Pollack, y en otra fila más adelante estaban instalados los fiscales, timoneados por el fiscal adjunto Kyle Wirshba. Cuando le colocó a Maduro los auriculares para escuchar en español todo lo que sucedió a su alrededor, dijo “está bien”. Solo esas fueron las palabras que se le escucharon.
En la primera audiencia, el 5 de enero, había estado mucho más locuaz. Había dicho que era un “perseguido político”, que era inocente y que aún era el presidente de Venezuela. Esta vez le dieron el expediente del caso y él lo leía mientras la audiencia sucedía. Cada tanto hablaba en voz baja con el abogado Pollack, con un intermediario.
Maduro está acusado de conspirar para narcoterrorismo, tráfico de cocaína y tenencia de armas de guerra. Su mujer es acusada de tráfico y tenencia de armas. La audiencia duró poco más de una hora y terminó sin decisiones, pero los diálogos entre el juez Alvin Hellerstein, de 92 años, y los fiscales y la defensa fueron picantes.
Uno de los temas que se discutieron fue el pago de la defensa de ambos, ya que las sanciones de EE.UU. prohíben el uso de fondos del régimen venezolano. El abogado de Maduro insistió en pedir que se desestimara el caso por violación a su derecho constitucional de defensa, a lo que el juez se negó.
“El señor Maduro y Flores no pueden afrontar el pago de los abogados por sí mismos”, dijo Pollack”. El juez, que tomaba café, hablaba lentamente, en voz baja ya veces carraspeaba, hizo preguntas afiladas. Le replicó que el Estado podía proveer a Maduro un abogado de oficio. “Un defensor público es para la gente que no tiene recursos”, respondió Pollack, afirmando que los de sus defendidos estaban bloqueados.
Luego llegó el turno del fiscal adjunto y argumentó que el gobierno de Donald Trump había paralizado los fondos por temas de seguridad nacional y política exterior.
Pero el juez replicó: “Maduro y Flores están aquí y la situación cambió en Venezuela. El gobierno tiene derecho a bloquear, pero en este caso no veo un propósito inmediato”, dijo. Y repitió: “Maduro está acá. Flores está acá. Ya no representan ninguna amenaza para la seguridad nacional”.
Luego preguntó si podría solicitar “una licencia especial” para que el Tesoro levante específicamente las sanciones para este caso, para garantizar el derecho constitucional a defenderse. Los fiscales insistieron en la importancia de la defensa de la seguridad nacional, pero su argumento parecía debilitarse ante la insistencia del juez.
El magistrado escuchó a las partes y no resolvió sobre este tema, pero no desestimó el caso -como querían los defensores de Maduro- y sus preguntas dejaron entrever que se inclinaría a un favor de un pedido especial de desbloqueo de fondos para la defensa ya que la relación entre Estados Unidos y Venezuela es mucho más estrecha y la situación en el país caribeño ha cambiado.
El otro tema en el que se centró la audiencia fue una petición de la Fiscalía para impedir que se comparta la evidencia del caso de Maduro y Flores con las otras cuatro personas mencionadas en la acusación: el poderoso ministro del Interior y Justicia Diosdado Cabello; el ex gobernador y ex ministro Ramón Rodríguez Chacín; Nicolás Maduro Guerra y Héctor Guerrero, señalado como presunto líder de la banda transnacional Tren de Aragua.
El gobierno estadounidense argumenta que existe un “riesgo real de violencia” y que el entorno de Maduro podría utilizar la información para identificar y tomar represalias contra testigos y sus familias en Venezuela. Los defensores quieren que se comparta. El juez escuchará los argumentos y resolverá más adelante.
Al finalizar la audiencia, a las 12.50, hora de Nueva York, Maduro colocó prolijamente los expedientes dentro de un sobre de papel madera, saludó a cada uno de sus abogados y le hizo un gesto a su mujer desde lejos. Ellos están en pabellones separados en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, una cárcel de máxima seguridad con condiciones de vida muy extremas.
El hijo de ambos, Nicolás Maduro Guerra, ya había anticipado el día anterior un fuerte cambio físico en su padre, que adelgazó varios kilos. Dijo que se mantenía “con mucho ánimo” y “mucha fuerza” y que se lo vería “delgado, más atleta, está haciendo ejercicio todos los días”.
No se sabe si es porque realmente hace ejercicio o por las duras condiciones de su encierro. La cárcel donde está recluida ha sido criticada durante años por condiciones descritas como peligrosas e inhumanas. Algunos abogados y detenidos han llegado a describir el centro como un “infierno en la Tierra” en medio de acusación de condiciones insalubres, inseguridad y aislamientos prolongados. El alimento escasea y han habido denuncias de comidas “infestadas de gusanos”.
Después de la audiencia, Maduro y su mujer regresaron a ese lugar, fuertemente custodiado por los marshalls. Afuera de la Corte, mientras tanto, había manifestantes que pedían por su liberación y protestaban contra el operativo militar estadounidense. Otros, con banderas venezolanas, cantaban contra él. Uno había llevado un muñeco de Maduro de tamaño real, esposado, vestido con uniforme de presidiario.
La audiencia terminó y el juez decidirá en privado su resolución. Más adelante establecerá una fecha para la próxima. El juicio podría prolongarse por varios años, mientras que Trump sigue estrechando lazos con Venezuela.
