El presidente Donald Trump ha puesto en marcha una ofensiva diplomática, política y militar que marca un giro en la política exterior de Estados Unidos. Bajo un discurso que evoca la histórica Doctrina Monroe, Washington busca reafirmar su dominio en el hemisferio occidental, contener el avance de potencias rivales y posicionarse como actor central en la disputa por el liderazgo mundial.
La estrategia, interpretada por analistas como una actualización de la doctrina proclamada en el siglo XIX, se basa en un principio clave: América Latina y el Caribe vuelven a ser considerados un espacio prioritario de influencia exclusivo para Estados Unidos, en un contexto global marcado por la expansión económica, tecnológica y militar de China y Rusia.
El primer gran movimiento de esta política fue la operación militar que culminó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro. El operativo, ejecutado por fuerzas estadounidenses en Caracas, fue presentado por la Casa Blanca como una acción destinada a “restablecer la estabilidad democrática” en Venezuela.
Sin embargo, medios internacionales y expertos en relaciones internacionales coinciden en que la intervención constituye un mensaje estratégico: Estados Unidos está dispuesto a emplear la fuerza para modificar equilibrios de poder en la región.
Según informes de agencias internacionales, la operación dejó decenas de víctimas y provocó una reconfiguración inmediata del poder en Caracas, con la asunción temporal de la vicepresidenta Delcy Rodríguez.
ADVERTENCIA En paralelo, Washington intensificó su presión sobre Cuba. El secretario de Estado Marco Rubio afirmó que la dirigencia cubana debería “estar preocupada” tras los acontecimientos en Venezuela.
Trump, por su parte, declaró en entrevistas radiales que el gobierno de Miguel Díaz-Canel atraviesa una de sus etapas más críticas, al punto de afirmar que “Cuba pende de un hilo”. El mandatario estadounidense sugirió que la isla enfrenta una combinación de crisis económica, aislamiento internacional y pérdida del respaldo venezolano, lo que podría abrir la puerta a un eventual cambio de régimen.
Las tensiones no se limitarán a Cuba y Venezuela. Colombia emergió como otro foco de fricción. Tras la operación en Caracas, el presidente Gustavo Petro cuestionó públicamente la intervención estadounidense, lo que provocó una respuesta inmediata de Trump, quien acusó al gobierno colombiano de tolerar la producción y exportación de cocaína hacia Estados Unidos.
En declaraciones a la prensa, Trump llegó a calificar a Colombia como una “nación enferma” y no descartó la posibilidad de una acción militar similar a la realizada en Venezuela.
Petro respondió elevando el tono político y asegurando que, en caso de una intervención extranjera, estaría dispuesto a defender la integridad territorial del país. Sin embargo, tras varios días de tensión, ambos mandatarios sostuvieron una conversación telefónica que permitió bajar el nivel de confrontación y abrir un canal para futuras negociaciones bilaterales.
EUROPA Pero la estrategia de Trump trasciende América Latina. En Europa, el mandatario estadounidense intensificó sus críticas a los países miembros de la OTAN, exigiendo un mayor compromiso financiero y militar en materia de defensa.
Uno de los puntos más sensibles de esta nueva etapa es Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía de Dinamarca. Su ubicación estratégica en el Ártico y su potencial en recursos naturales la convierten en una pieza clave en la competencia entre potencias.
Las fricciones en torno a Groenlandia reflejan un patrón más amplio: la administración Trump concibe la política internacional como un tablero de esferas de influencia, donde las grandes potencias negocian, compiten o se enfrentan por el control de territorios estratégicos, rutas comerciales, recursos energéticos y zonas de proyección militar.
REPARTO En declaraciones públicas, Trump sugirió incluso la posibilidad de un reparto informal del mundo entre Estados Unidos, China y Rusia, evocando los equilibrios de poder de la Guerra Fría, pero bajo una lógica más transaccional, centrada en intereses económicos, control tecnológico y supremacía militar.
Para algunos analistas, se trata de un intento pragmático de restaurar la primacía estadounidense en un mundo multipolar.
Lo cierto es que la captura de Maduro, las advertencias a Cuba, las tensiones con Colombia y la presión sobre Europa forman parte de un mismo entramado estratégico. Estados Unidos parece decidido a recuperar el terreno perdido frente al avance de China en América Latina, África y Asia, y frente a la influencia militar de Rusia en Europa del Este, Medio Oriente y el Ártico.
En este nuevo escenario, la Doctrina Monroe deja de ser una reliquia histórica para convertirse en un marco renovado de acción geopolítica. Bajo el liderazgo de Trump, Washington apuesta por una política exterior más confrontacional, centrada en la defensa agresiva de sus intereses y en la reafirmación de su poder global.
