La palabra boliviana está de luto. En las últimas horas ha fallecido Marcelo Arduz Ruiz (1954–2026), poeta, miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua desde 2000, diplomático y creador tarijeño cuya obra supo habitar los territorios más íntimos del ser humano, allí donde la soledad, la memoria y la búsqueda de sentido se vuelven lenguaje.
Nacido en Tarija el 18 de enero de 1954, fue abogado de formación, doctorado en Madrid, pero, sobre todo, un hombre de cultura en el sentido más amplio: escritor, pintor, ensayista y servidor público, con una vida dedicada a la palabra y al servicio de Bolivia.
En el ámbito diplomático, destacaron importantes funciones como primer secretario de la Embajada de Bolivia en Madrid, cónsul en Río de Janeiro, cónsul general en Lima y ministro consejero de la Embajada de Bolivia en Roma, además de ejercer como Agregado Cultural de Bolivia en España y cumplir tareas en la Cancillería. En cada destino llevaba consigo la sensibilidad del poeta y un profundo amor por su país.
Colaboró con revistas y publicaciones de América Latina y España, y es autor de más de treinta libros, entre los que destacan sus poemarios Estrellas en el día, Tras el vidrio del cielo, La tierra en uno, Inti-huyphy-pacha (Sol de invierno), Jiwasanaka (Nosotros), Como un grito en la basura, Poemas lunáticos, Estampas de cielo adentro, Hojas solares, Poesía virtual y Ascensión de la lluvia.
Asimismo, realizó valiosas investigaciones históricas sobre el juramento de Bolívar en Roma, la biografía del maestro del Libertador, la genealogía de los últimos reyes incas, la Confederación Perú-Boliviana, Copacabana, entre otros temas fundamentales de la memoria andina y latinoamericana.
Su obra fue reconocida con numerosas distinciones, entre ellas el Primer Premio del Concurso Iberoamericano La Pluma y el Pincel del Diplomático (Chile), el Premio Internacional Jaén (España), el Machu Picchu de Oro (Cusco), el reconocimiento del Consejo Nacional Todas las Sangres (Jaén de Perú) y Poetas por una Cultura de Paz de la Unesco.
Quienes lo conocieron en sesiones literarias recuerdan su palabra serena, su mirada reflexiva y su manera de estar en el mundo sin estridencias, fiel a una ética del silencio y de la profundidad. Su poesía —a veces descarnada, a veces luminosa— fue un ejercicio honesto de introspección, una forma de decir lo indecible sin traicionar la verdad interior.
En uno de sus poemas más conmovedores, The Crowds of Loneliness, escribió:
“sólo habito en mí / y afuera siento las calles / desiertas de mí”.
Hoy esas líneas resuenan con una intensidad distinta, como si el poeta se hubiera ido dejándose, lentamente, “en una esquina del horizonte”, tal como él mismo lo intuyó.
Desde la Academia Boliviana de la Lengua, Sociedad de Escritores de Bolivia, instituciones académicas, centros culturales, museos, periódicos y desde los Múltiples espacios donde su palabra sembró preguntas y belleza, se expresan sentidas condolencias a su familia —a sus hijos Jimena y Ramiro— ya sus amistades. Acompañamos su dolor con respeto y gratitud.
Marcelo Arduz Ruiz no se ha ido del todo. Permanece en sus libros, en sus cuadros, en la memoria de la literatura boliviana y en esa luz silenciosa que dejaron las vidas que supieron decir, con verdad, lo humano.
Que descanse en paz. Que su palabra siga habitándonos.
