En 1943, Enrique Finot escribe que Chaco “ha sido reputada como la mejor novela de la guerra con el Paraguay”. Sin embargo, publicada en Chile en 1936, tuvo que esperar más de setenta años para ser reeditada en Bolivia. Wilmer Urrelo piensa que fue olvidada por su “incorrección política”, por “mostrar a nuestros abuelos tal y como fueron en la guerra”. Otros sugieren que se debió a que Luis Toro Ramallo (LTR) vivió toda su vida en Chile y publicó sus libros allí. Es posible, también, que sólo haya recibido lo que la mayoría de los libros reciben en Bolivia: indiferencia sistemática.
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Al inicio de Chaco, un narrador de iniciales LTR nos dice que lo que vamos a leer es la transcripción de los cuadernos pertenecientes a un soldado agonizante. La primera parte del libro, la más corta, bajo el título “Paz” está dedicada a la experiencia de un soldado en los fortines, antes de la guerra, marcada por la abrumadora hostilidad del territorio.
“No se parece a nada de lo que habíamos visto hasta ahora. No es el trópico suntuoso, ni el desierto árido. Es un engendro de ambos. Es algo en que se han fundido todo lo hostil de la selva y todo lo terrible del desierto”.
La segunda parte, “Guerra”, mucho más larga, está dedicada ya a la campaña militar, donde a la hostilidad del territorio se suma la inimaginable violencia que son capaces de prodigarse los seres humanos cuando se consideran enemigos.
“Con el lodo en la boca se tropieza, a veces, con cadáveres monstruosamente hinchados, con pedazos de uniformes, con hierros retorcidos y con pedazos de miembros arrancados por la metralla.”
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La mayoría de los reseñistas remarcan la estructura episódica o fragmentaria de la novela. En efecto, ambas secciones de Chaco están divididas en capítulos cortos y, a su vez, cada capítulo está dividido en escenas breves. No hay una trama cohesiva, pero sí impresiones vívidas, imágenes poderosas y cantidad de historias escuchadas por el narrador. Con un criterio que ya en su época era anticuado, Fernando Díez de Medina decía de Chaco: “¿Novela? En el sentido cabal del término se diría que no hay”. Sin embargo, esta estructura fragmentaria produce pronto una lograda sensación de desorientación, circularidad y desesperación, que sería insoportable si no fuera por el humor ácido, corrosivo, brutal, de la soldadera, que aún ahora cuesta aceptar.
Así, los soldados dicen:
“El caballo es como la mujer, buena para lucirla nomás”.
“Qué le va a hacer (la araña) a este chiriguano. Si hasta las arañas le tienen asco”.
Sobre los cadáveres desecados al sol: “Unos se pudren, a otros se los comen los aguarás o los buitres, a éstos les ha tocado estudiar para chullpas”.
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A veces al leer un libro que nos impresiona, uno se pregunta cómo ha podido lograr el autor efecto cierto, de dónde provienen sus visiones. Una trama es algo que puede conseguirse, creo, con un poco de sentido común y conocimientos de narrativa aristotélica. La expresividad que logra Toro Ramallo no. Inclinarse:
“Después, en la inmensa mayoría del plano triángulo trágico, el ondular de la llanura cubierta de pajonales ceñidos por una selva chata, espinosa, monótona, sin galas y sin pájaros. Sequedades de páramo bíblico, arenales como osarios candentes ya veces, muy de lejos en lejos, a decenas o centenas de kilómetros, un pozo, pantano negro de aguas espesas, oscuras, pútridas, llenas de insectos y de miasmas”.
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Le corresponderá a lxs críticxs literarixs precisar qué lugar ocupa Chaco en la narrativa de la guerra con el Paraguay. Hasta eso, quisiera anotar que, además de narrar la violencia de la guerra, esta novela a) establece al chaco como un territorio mítico, anterior y posterior al conflicto (como dice Alex Salinas en otra reseña); b) muestra a los indígenas altiplánicos no sólo pasivos sino insumisos; c) señala narraciones periféricas, historias de índices de tierras bajas, de mujeres, de bandoleros; yd) presta una gran atención a los seres no humanos, especialmente animales y plantas.
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En el texto que introduce el libro, el primer narrador dice que un soldado agonizante le confió tres cuadernos. Este soldado agonizante, a su vez, declara al primer narrador que uno de los cuadernos no lo escribió, sino un soldado que murió en el campo de batalla. Así, es probable que el narrador de “Paz” no sea el mismo que el de “Guerra” (lo cual parecería confirmado porque al principio el narrador de “Guerra” no parece conocer el chaco, donde el narrador de “Paz” ya ha estado.). En todo caso, ¿qué fue del tercer cuaderno? ¿Es sólo por un efecto de verosimilitud que Toro Ramallo decide mencionar tres cuadernos y “transcribir” sólo dos?
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Del autor se sabe poco. Nació en Sucre y no sabemos cuánto tiempo pasó allí. (A los sucrenses los caracterizar en un artículo como “irónicos, misántropos y alocados”). Parece que vivió la mayor parte de su vida en Chile y allá se publicó toda su obra. Durand, citado por Quirós, dice que aseguraba haber peleado en el Chaco. Sin embargo su tío, el ex presidente David Toro, decía que sólo había ocupado un puesto administrativo en Villa Montes, donde habría escuchado los testimonios en los que basó su libro. Sea como fuere, combatiente o paciente recopilador, logró una novela extraordinaria.
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La ilustración de la portada de esta edición de Chaco, realizada por Marco Tóxico, es una de las mejores tapas de un libro boliviano reciente y expresa bien la visceralidad del texto, los colores que dominan las imágenes y el clima general de la novela. Esta edición rescata la transcripción de 2011.
Las citas de Finot, Díez de Medina, Durand y Quirós las he sacado de una reseña de Chaco escrita por Alexis Argüello publicada en 2012. También leyó las reseñas de Álex Salinas (“Chaco, una orilla que es el centro”, 2018) y un artículo de Jorge Saravia sobre Toro Ramallo (“Ser escritor boliviano fuera de Bolivia”, 2025).
