¿Puede repetirse en Irán lo que ocurrió en Venezuela a comienzos de este año? Esa, por lo menos, es la apuesta que el presidente donald trump ha dejado entrever tras ordenar la ofensiva militar que arrancó el sábado contra Teherán.
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En entrevistas concedidas este fin de semana, el mandatario aseguró que el modelo venezolano, es decir, la remoción del líder sin desmantelar por completa la estructura del régimen, podría servir de hoja de ruta una vez concluya la campaña aérea contra la República Islámica.
Las similitudes, a primera vista, existen. Tanto Venezuela como Irán son potencias energéticas con vastas reservas de petróleo que durante décadas. Estaban bajo el control de regímenes autoritarios, acusados de reprimir a amplios sectores de su población.
En ambos casos, además, Washington argumenta que la estabilidad a corto plazo pasa por evitar un colapso total del Estado que dé lugar a un vacío de poder.
Portaviones Gerald R. Ford participa de la ofensiva contra Irán. Foto:@CENTCOMArabic/X
“Lo que hicimos en Venezuela fue el escenario perfecto”, dijo Trump al referirse a la operación en la que fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro, dejando intacta buena parte del aparato gubernamental tras obtener garantías de cooperación.
El precedente venezolano como hoja de ruta: cambiar al líder sin desmontar el régimen
En Venezuela, la salida de Maduro no supuso una purga completa del chavismo. Figuras como Delcy Rodríguez, quien había sido sancionada por Washington y era uno de los rostros más visibles del régimen, permanecieron dentro de la estructura de poder, aunque bajo nuevas condiciones de negociación y con un tono más pragmático frente a Estados Unidos.
La lógica, según la Casa Blanca, es clara: preservar la burocracia y la cadena de mando para evitar el caos, mientras se abre paso a una transición supervisada.
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Trump sugiere que algo similar podría ocurrir en Irán tras la muerte del ayatolá Alí Jamenei en un ataque aéreo.
En conversación con Los New York Timesafirmó que la campaña podría extenderse “cuatro o cinco semanas” o más, si es necesario, y sostuvo que no sería difícil mantener la intensidad de los bombardeos.
Incluso habló de “tres muy buenas opciones” para liderar el país, aunque se negó a revelar nombres. Entre los que suenan está Ali Larijani, alto funcionario de seguridad que encabezó las negociaciones nucleares y que recientemente fue sancionado por Washington.
Otros nombres mencionados en círculos diplomáticos incluyen figuras dentro del régimen actual que son vistas como más pragmáticas y, en el exilio, miembros de la oposición monárquica.
Altos mandos de Irán observando a miembros del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. Foto: AFP
Un modelo difícilmente exportable.
Pero ahí terminan las comparaciones fáciles. Irán es un país tres veces más poblado que Venezuela, con un aparato militar mucho más robusto y capacidades estratégicas, incluido un programa nuclear activo, que eleva exponencialmente los riesgos.
Además, el sistema iraní no es solo político, sino también religioso, con el poder anclado en una estructura clerical surgida de la revolución de 1979, en la que la Guardia Revolucionaria y milicias como el Basij no solo ejercen funciones de seguridad, sino que están imbricadas con la economía, la ideología y la identidad nacional.
Un componente teocrático no tiene equivalente en el caso venezolano.
De acuerdo con medios en EE.UU. UU., varios de sus asesores le han advertido que replicar el modelo venezolano en Teherán es “virtualmente imposible” por las diferencias culturales e históricas.
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En Venezuela, la cúpula ayudará a negociar ante una fuerza adversa y con el incentivo de aliviar las sanciones.
En Irán, la estructura del poder clerical y militar podría resistirse a cualquier subordinación abierta a Washington sin fracturarse violentamente.
Además, la región que rodea a Irán es mucho más volátil. Teherán mantiene redes de influencia en Líbano, Siria, Irak y Yemen y ya lanzó misiles y drones en represalia contra Israel y otros actores. Un colapso parcial del régimen podría desencadenar una guerra regional más amplia, algo que no ocurrió en el caso venezolano.
El riesgo de otra guerra interminable
Trump, sin embargo, oscila entre visiones contradictorias. En un momento se plantea que la élite militar iraní podría simplemente “entregar las armas al pueblo”; en otro, imagina una transición controlada desde arriba, como en Caracas.
Incluso deja abierta la posibilidad de que los propios iraníes derroquen al régimen, lo que sería lo contrario al modelo que dice admirar.
Saddan Hussein fue destruido en 2003. Foto: archivo particular
El riesgo es que el desenlace se parezca más a Irak o Afganistán y menos a Venezuela. En Irak, tras la caída de Saddam Hussein en 2003, EE.UU. UU. permaneció durante más de una década tratando de estabilizar el país, en medio de insurgencias y violencia sectaria.
En Afganistán, tras veinte años de presencia militar, los talibanes retomaron el poder apenas se retiraron las tropas estadounidenses.
Fueron las “guerras interminables” que Trump tanto criticó con dureza en sus campañas electorales.
Hoy, al comprometerse a sostener una ofensiva de varias semanas y al admitir que “esperan bajas”, el presidente entra en un terreno que históricamente ha atrapado a Washington durante años.
Si la estructura iraní colapsa sin un relevo claro y aceptado, el vacío podría derivar en luchas internas, fragmentación territorial o una guerra civil de consecuencias impredecibles.
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La pregunta de fondo no es solo si Venezuela puede ser un modelo para Irán, sino si la Casa Blanca está subestimando las diferencias estructurales entre ambos países.
Lo que en Caracas fue una operación quirúrgica con efectos controlados, en Teherán podría convertirse en un proceso mucho más incierto. Y, paradójicamente, en el intento de evitar otra guerra interminable, Trump podría estar asomándose al comienzo de una.
SERGIO GÓMEZ MASERI – Corresponsal de EL TIEMPO – Washington
