Maksym Butkevich no creía que fuera posible una invasión en pleno siglo XXI. “Era demasiado insensato ni siquiera contemplar que en Europa un Estado invadiera a otro para someterlo”. Pero, en la mañana del 24 de febrero de 2022, una explosión retumbó en la ventana de su casa en Kiev y lo despertó. Tan solo le tomó unos segundos enterarse de lo que estaba sucediendo: Rusia había iniciado su invasión contra su vecino.
Periodista de profesión y dedicado al activismo de derechos humanos, Maksym vivió su juventud cuando su país aún era territorio de la Unión Soviética.
Recuerda perfectamente las tres cosas que hizo aquel 24 de febrero: hablar con sus seres queridos y con los refugiados con los que trabaja, intentar organizar la evacuación de sus papás de Kiev, quienes, no obstante, se negaron a irse porque “no querían dejar su hogar a los invasores”, y presentarse ante una oficina de reclutamiento militar.
Tardó seis días en recibir la llamada y para el 4 de marzo ya era un teniente al mando de un pelotón de unos 20 hombres que, como él, representaban a la población ucraniana dispuesta a luchar por la soberanía de su país.
Maksym se describe a sí mismo como “antimilitarista” y “pacifista”, pero de un modo muy diferente: “Cuando presenciamos a alguien matar, violar o agredir a otro, a veces el único medio para detenerlo es la violencia. Y si no lo hago, me convierto en cómplice. Tenía dos opciones: huir o luchar. Y yo no quería huir”.
Además, enlistarse se convertía en hacer valer todo lo que había trabajado por más de dos décadas. “Si me llamo defensor de derechos humanos, comprendí que tenía que defenderlos con el único medio disponible y ese era tomar un fusil”.
13
Años de prisión.
Esa fue la condena que Rusia impuso a Maksym Butkevich, por un crimen que, asegura con sendas pruebas, nunca cometió.
Pero, a los pocos días, el 21 de ese mes, el activista. fue capturado junto a ocho de sus subordinados en la región de Luhansk.
“Muy pronto fuimos sumergidos en una atmósfera de miedo, violencia y dolor”, recuerda al relatar su experiencia tras vivir en la prisión de la ciudad ocupada de Khrustalny y donde fue víctima de golpizas, torturas y descargas eléctricas para intentar quebrarlo psicológicamente: “Decían que nos castigaban por habernos atrevido a resistir. Que los ucranianos no existimos”.
A Maksym, más que al resto de los detenidos, las fuerzas rusas lo interrogaron con mayor insistencia por ser oficial, periodista y activista. Incluso, querían forzarlos a que diera entrevistas a medios rusos confirmando estereotipos de la propaganda rusa sobre la cual se justificó la invasión como una guerra necesaria contra el nazismo.
Pero, una y otra vez, se negó. Entonces, fue cuando crearon un caso en su contra.
A veces es muy fácil estar de vuelta en la cárcel solo con mi mente. Salí un poco diferente. Ahora soy más seguro, más frágil, pero también más consciente de mis fortalezas.
Maksym Butkevich, activista y periodista ucraniano.
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Confesar mentiras, morir en un accidente fabricado o vivir por años en la cárcel: las opciones del horror
Ante la complejidad e indefensión de su realidad, el periodista optó por la primera. “La decisión era clara. Me mostró básicamente cómo sería la alternativa. Ni siquiera sabía qué estaba confesando, porque cubrieron el texto”, recuerda.
Después de supo que lo acusaron de disparar a civiles en Severodonetsk con una lanzagranadas alemana, pese a que ese día él estaba en Kiev y, de hecho, su pelotón nunca fue enviado a esa ciudad.
Para el 10 de marzo de 2023, Maksym Fue condenado a 13 años de prisión. Permaneció recluida en Luhansk, donde sus días se convirtió en una batalla contra el hambre.
Nos cortábamos las uñas frotándolas contra el cemento.

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Pero, Más que perder la esperanza de volver a la libertad, lo único que le preocupaba a Maksym era “no vivir lo suficiente”.
Para mantenerse cuerdo, se inventó historias de ficción y comenzó a pensar en cada persona que había conocido en su vida, una por una, “casi como un rosario”. “Me di cuenta de que depositaba mi esperanza en ellos, en que no me olvidarían y lucharían por mí”, recuerda.
El canje de prisioneros que lo regresó a la libertad
Eso sí, también tiene grabados recuerdos dolorosos de aquellos que parecían disfrutar de su sufrimiento: “Vi a personas que gozaban de vernos sometidos a actos de violencia. Me decían: ‘Es una lástima que no nos hayamos encontrado porque habría sido tan feliz de matarte con mis propias manos’”.
Con el paso de los meses, la prisión se convirtió en una rutina de resistencia a la espera del día que nunca dudó llegaría: el día de su libertad.
Si me llamo defensor de derechos humanos, comprendí que tenía que defenderlos con el único medio disponible y ese era tomar un fusil.
“Soy libre como nunca lo he sido”, reconoce ahora Maksym, quien, sin embargo, acepta que una parte de él aún sigue en aquella prisión: “A veces es muy fácil estar de vuelta en la cárcel solo con mi mente. Salí un poco diferente. Ahora soy más seguro, más frágil, pero también más consciente de mis fortalezas”.
Ataques de drones rusos contra el mercado central de Kramatorsk, Ucrania
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En 2025, el 72 % de la población ucraniana experimentó dolencias en su salud mental, entre ellas, ansiedad y depresión.
En el frente de guerra, Rusia ha liberado alrededor de 6.000 prisioneros ucranianos, pero el presidente Volodimir Zelenski cifra en 7.000 los que aún continúan en prisión, mientras que oenegés como la Cruz Roja estiman en 154.000 los desaparecidos de ambos bandos de esta guerra.
A cuatro años de la invasión, Maksym ahora trabaja para educar a militares sobre cómo afrontar el cautiverio y continúa con su trabajo con los refugiados y periodismo. Para él, lo que está en juego no es solo Ucrania e insiste en que, para poder hablar de paz, es indispensable que todos los presos regresen a casa.
SANTIAGO ANDRÉS VENERA SALAZAR – REDACCIÓN INTERNACIONAL – EL TIEMPO
