Andrea, de 14 años, dio a luz en su casa, sin médico ni hospital. El hombre que debía protegerla se convirtió en su agresor por al menos dos años; su propio padre, quien, cuando el bebé nació, la mató y enterró a unos cuatro kilómetros de su vivienda en Morochata, en Cochabamba.
La víctima de esta historia no se llama Andrea; se cambió el nombre para proteger su identidad. El caso salió a la luz en agosto de este año y generó gran indignación en la población. La adolescente y sus tres hermanos – una niña de 12 años y dos niños de 10 y 7 – son huérfanos de madre. Los menores de edad presenciaron las atrocidades en su hogar sin poder pedir ayuda, hasta que los pobladores comenzaron a sospechar y finalmente confirmaron los hechos, informando a la Defensoría de la Niñez y Adolescencia (DNA). Como resultado, Elías PS, de 50 años, fue detenido.
Se descubrió que tenía dos víctimas más; una niña de cinco años, su hijastra en 2013, y una joven con discapacidad de 25 años, a quien agredió junto a otro hombre en 2018. Aunque denunciaron, él logró evadir la justicia. Finalmente, fue sentenciado a 30 años de cárcel en el penal de Chonchocoro, en La Paz, sin derecho a indulto, tras recibir el 21 de agosto tres condenas en un solo día por violaciones agravadas – una de ellas contra su propia hija – y por infanticidio.
Como el caso de Andrea, existen otros en Bolivia de mujeres, niñas, niños y adolescentes que sufren violencia sexual, el segundo tipo de violencia más denunciado después de la violencia familiar. Esta agresión daña tanto física como emocionalmente y, en muchos casos, genera estigma y miedo en las víctimas.
CASOS SE DUPLICAN EN SIETE AÑOS Según el boletín “25 N: violencias que persisten; derechos que urgen”, publicado en noviembre por el Observatorio de Género de la Coordinadora de la Mujer, los casos de violencia sexual casi se duplicaron entre 2018 y 2024, pasando de 5.865 a 11.827 denuncias. Desde 2022, el país registra más de 10.000 denuncias de violencia sexual cada año, lo que demuestra que esta forma de agresión sigue siendo persistente y creciente.
En 2025, hasta octubre, se contabilizaron 9.097 casos de violencia sexual, lo que equivale a un promedio de 30 denuncias diarias. El informe detalla que 2.760 corresponden a abuso sexual, 2.539 a violación, 1.950 a violación de infantes, niños, niñas o adolescentes, 1.558 a estupro, 288 a acoso sexual y dos a actos sexuales abusivos.
NIÑAS, ADOLESCENTES Y JÓVENES: MÁS AFECTADAS Según el análisis del Observatorio de Género de la Coordinadora de la Mujer, las niñas y mujeres jóvenes concentran la mayor parte de las víctimas de violencia sexual en sus distintas formas.
Por ejemplo, 6 de cada 10 víctimas de abuso sexual tienen menos de 18 años. El 66.1% tiene menos de 18, el 18.2% entre 18 y 29, el 7.3% entre 30 y 39 y el 3.3% no fue determinado.
En el caso de la violación, cerca de la mitad de las víctimas son jóvenes de entre 18 y 29 años. Además, el 28,3% tiene menos de 18 años, el 16,2% entre 30 y 39, y el 7,4% entre 40 y 49 años.
LA MAYORÍA DE LOS AGRESORES SON FAMILIARES DNI Bolivia presentó en 2024 el estudio “Rastreando las huellas de la violencia contra niñas, niños o adolescentes”, que revisó 1.581 publicaciones sobre vulneración de derechos de la niñez y adolescencia en 13 medios de prensa escrita, durante el periodo de enero de 2021 a diciembre de 2023. Aunque los datos no provienen de fuentes oficiales, como la Fiscalía, la Policía o el Órgano Judicial, el análisis revelado que el El 52,2% de los casos correspondió a violencia sexual, el 25% a violencia física, el 14,5% a abandono o negligencia, el 8,2% a violencia psicológica y el 0,1% a violencia digital. Además, el 69% de las víctimas fueron mujeres y la mayoría, un 53%, tenía entre 10 y 18 años.
El estudio también identificó que el 64% de los agresores eran familiares cercanos que convivían con las víctimas, y un 21% correspondía a otros parientes, lo que indica que el 85% de los agresores pertenecen al entorno familiar. En cuanto a los lugares donde ocurrieron los delitos, el 65% se cometieron en el hogar, el 27% en espacios abiertos, el 5% en lugares públicos y el 1% en el ámbito escolar.
La Fundación Una Brisa de Esperanza (FUBE) coincide, pues al menos el 80% de los agresores de menores de edad son familiares o personas muy cercanas a las víctimas.
ALGUNAS SEÑALES La Fundación Una Brisa de Esperanza (FUBE) identificó señales que pueden indicar que una niña, niño o adolescente sufrió violencia sexual:
Cambios repentinos en el comportamiento: La víctima se vuelve retraída, agresiva, hiperactiva o emocionalmente inestable. Puede mostrar miedo a quedarse solo, evitar a ciertas personas o lugares, o presentar conductas autolesivas e ideas suicidas.
Regresión en el desarrollo: Aparecen comportamientos propios de etapas anteriores, como mojar la cama, chuparse el pulgar o temer quedarse solo.
Problemas de sueño y pesadillas: La niña, niño o adolescente tiene dificultades para dormir o duerme en exceso, acompañadas de pesadillas recurrentes relacionadas con la violencia sexual.
Conducta sexual inapropiada: La víctima demuestra conocimientos o comportamientos sexuales inadecuados para su edad, reflejados en juegos sexuales, exhibicionismo, hipersexualización u otras conductas.
Cambios físicos inexplicables: Lesiones quirúrgicas, irritaciones o molestias en la zona genital o anal, así como malestares estomacales sin causa médica aparente. También se observan alteraciones en la alimentación, con aumento o pérdida de peso inusual.
Dificultades psicoemocionales: Se desarrolla baja autoestima, estado de ánimo decaído, ansiedad, irritabilidad, aislamiento, sentimientos de culpa, rechazo hacia el propio cuerpo, vergüenza y síntomas de depresión.
Dificultades cognitivas: Se evidencian problemas académicos, descenso arrepentido del rendimiento escolar, dificultad para concentrarse, pérdida de memoria y estados de disociación continua.
A pesar de estos datos, se calcula que representan solo la punta del iceberg; Muchas víctimas no denuncian por miedo, estigmas, dependencia económica o falta de confianza en las instituciones.
