Mientras la mayoría de los países midan sus procesos gubernamentales en cuatrienios o quinquenios, el Perú ha acumulado ocho mandatarios en apenas diez años. Desde la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski en 2018 hasta el actual interinato de José Balcázar, la banda presidencial se ha transformado en un símbolo de permanente vulnerabilidad.
Esta crisis no es un evento aislado; es el síntoma más agudo de una enfermedad latinoamericana: ideologías volátiles sin principios ni normas firmes, el desprestigio de los partidos politicos y el ascenso de la ONU parlamentarismo que gobierna sin votos populares, pero con votos de censura. el equilibrio de poderes en el Perú ya no funciona como una balanzasino con un Congreso que ha descubierto en la “incapacidad moral permanente” una herramienta Delaware control absoluta.
Este fenómeno encuentra un eco distorsionado en el espejo de Ecuador. Mientras Lima se fragmenta en un mar de intereses particularesQuito intenta resolver su propia crisis de representatividad mediante el “capitalismo de seguridad”. Sin embargo, aunque los rostros difieren —la anomia peruana frente al estado Delaware excepción ecuatoriano—, la perspectiva de largo plazo es idéntica: democracias de cristal que intenta sobrevivir a la erosión de sus instituciones mediante soluciones de fuerza o de inercia.
Aquí surge la gran paradoja que desafía la lógica política convencional: ¿Cómo puede un país con tal nivel de desintegración ser un institucional destino atractivo para el capital extranjero? Los datos oficiales del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) revelan una resiliencia asombrosa: la economía peruana ha logrado mantener una de las inflaciones más bajas de la región y tasas de crecimiento que superan el promedio latinoamericano. Tras el rebote del 13,6% en 2021 y una recuperación sólida del 3.1% en 2024, las proyecciones para 2025 y 2026 situarán el crecimiento en torno al 3,3%.
Esta disociación estructural entre el Estado (gestión política) y la macroeconomía (gestión técnica) se explica por el flujo de Inversión Extranjera Directa (IED) que creció en el 56,7% en el 2024, alcanzando los US$ 6 799 millones. Proyectos de envergadura geopolíticacomo el mega puerto de Chancay, actúan como anclas de un capitalismo que ha decidido operar ignorando la caída en la aprobación de las instituciones.
Sin embargo, la robustez de los indicadores de la macroeconomía no mitiga el deterioro de las condiciones de vida entre 2015 y 2024. En este lapso, la pobreza monetaria retrocedió a niveles cercanos al 29%, mientras que la informalidad laboral superior al 70% y el subempleo despojaron de seguridad social a las mayorías. Las brechas críticas en salud, educación y vivienda, sumadas a una recia desnutrición infantil, evidencian que el crecimiento no ha permeado a los estratos vulnerables. La parálisis de políticas públicas efectivas para mujeres y adultos mayores confirma que, en Perú, la riqueza se acumula en las cifras pero se diluye en el bienestar social.
La realidad peruana se inserta en un contexto regional donde la ideología ha sido desplazada por un pragmatismo extractivista. Tanto en el viraje hacia la derecha económica en Ecuador, como en el estancamiento institucional peruano, subyace una misma estructura de sostén al capitalismo del siglo XXI: la economia se ciega mediante tecnocracias autónomos mientras la político se incendia en escándalos de corrupción. Es un modelo de “dos cuerdas” que no se tocan; una economia que camina sola mientras la político retroceder hacia el caudillismo o la anarquía legislativa.
Hacia el futuro, las perspectivas hijos desalentadores. el Perú demuestra que es posible crecer sin gobiernopero esa misma ausencia de Estado deja el campo libre a economías ilegales —minería aurífera y narcotráfico— que terminan por capturar las estructuras que la democracia abandonado. El riesgo para la región es la consolidación de una anomia funcional donde la macroeconomía brilla mientras el contrato social se desintegra. Si la política no logra recuperar su capacidad Delaware conducciónel crecimiento economico terminará siendo solo la fachada de un edificio vacío que, tarde o temprano, sucumbirá a su propio peso.
