La Asamblea de Expertos de Irán anunció el domingo que eligió a Mojtaba Jamenei, hijo de Alí Jamenei, como el nuevo líder supremo del régimen tras la muerte de su padre en el primer día de la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra la república islámica, el 28 de febrero.
Mojtaba Jamenei, hijo de Alí Jamenei. Foto:AFP
Confirmando los informes anteriores que ya vaticinaban el nombre del tercer líder supremo del país, las dudas y esperanzas desde Washington y Tel Aviv recaen ahora sobre la posibilidad de que la ofensiva militar abra el camino hacia un país más cercano a Occidente que abandone sus ambiciones nucleares. Un objetivo que, por ahora, parece más cercano a las expectativas que a la realidad.
En un sistema tan arraigado en el poder como el de Irán, que apenas ha tenido dos líderes supremos en sus 47 años de historia, lograr un cambio de tal magnitud es mucho más complejo que llenar los cielos de Teherán con misiles.
“Lograr un cambio de régimen solo con poder aéreo no es fácil”, dice al respecto Óscar Palma, experto en seguridad internacional y académico de la Universidad del Rosario, quien agrega: “La historia nos ha demostrado que se necesita un componente en tierra, de personas que entren a apoyar esas operaciones de levantamiento para realmente afianzar el cambio de régimen, y ese es un nivel al que (Donald) Trump muy seguramente no quiere entrar”.
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Si bien el mismo presidente estadounidense afirmó que consideraría enviar tropas y afirmó que su campaña militar podría tardar hasta cinco semanas “o el tiempo que sea necesario”, ni siquiera esto garantiza el cumplimiento de lo que busca.
Alí Jamenei falleció el primer día de los bombardeos de Estados Unidos e Israel a Irán. Foto:AFP
Cambios a la fuerza
El motivo está en el historial de poco éxito que tienen los cambios de régimen por la fuerza, acciones que Estados Unidos se convirtieron en una constante en su política exterior desde la Guerra Fría y que desde la captura de Nicolás Maduro parece estar resurgiendo.
Aunque existen casos de éxito —como Japón y Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, o Panamá tras la captura de Manuel Noriega en 1989—, un informe del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) advierte que “decapitar” a un régimen rara vez produce cambios positivos o duraderos.
El CSIS cita un estudio del politólogo Alexander B. Downes de 2011 que analizó los últimos dos siglos y concluye que más del 40% de los cambios de impuestos de gobierno terminan enfrentando una guerra civil en la década siguiente.
De hecho, la historia de Irán es un ejemplo. En 1953, Estados Unidos y el Reino Unido apoyaron el derrocamiento del primer ministro Mohammad Mossadegh después de que nacionalizó la industria petrolera. El resultado fue el ascenso del rey Mohammad Reza Pahlavi, un aliado de Occidente que gobernó con mano dura hasta que la Revolución islámica de 1979 lo derrocó y dio origen al régimen que hoy domina el país y jura destruir a EE.UU. UU. e Israel.
El documento también menciona otros casos, como la caída de Sadam Huseín en Iraken 2003, que terminó facilitando una insurgencia prolongada.
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Los iraníes lamentan la muerte del líder supremo Alí Jamenei. Foto:AFP
Situaciones similares se observaron en 2011, en Libiatras la caída de Muamar al Gadafi o en Yemen después de la salida de Ali Abdullah Saleh, donde los vacíos de poder derivaron en conflictos prolongados.
“Los líderes no gobiernan solos. Son producto de sistemas adaptados a las circunstancias locales y presiden complejas redes clientelares cuyos miembros tienen todo que perder. Destituir a un líder a menudo exponen las patologías de un país en dificultades”, dice el CSIS.
Un régimen enraizado
Irán enfrenta grandes tensiones internas. El envejecimiento de la élite revolucionaria, la crisis económica que desató las protestas masivas y una sociedad cada vez más crítica han erosionado su legitimidad.
Un estudio de 2024 del Grupo para Analizar y Medir las Actitudes en Irán señala que cerca del 70% de los iraníes se oponen a la continuidad del sistema actual. El apoyo al líder supremo cayó del 18 por ciento en 2022 al 11 por ciento en 2024, mientras que el 89 por ciento prefiere un sistema democrático. Sin embargo, ese descontento no garantiza un colapso.
Pedram Fanian, historiador y analista internacional, advierte que cualquier transición política dependerá de una ruptura profunda dentro del aparato del Estado. “Toda transición tiene que tener el apoyo civil, pero ese apoyo debe ocurrir en una hora cero en la que el régimen esté sin comunicación”, explica.
Solo en este momento, sostiene, la sociedad civil podría tomar el control de las instituciones. Intentarlo antes podría tener consecuencias devastadoras. “Si ese levantamiento ocurre hoy, sería una masacre”, señala.
Otra posibilidad es una transición dentro del propio sistema. Para Alberto Spektorowski, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Tel Aviv, no puede descartarse que se impulse una transformación controlada del régimen para asegurar su supervivencia, situación similar a la que ocurre hoy en Venezuela al mando de Delcy Rodríguez.
Organigrama de poder en Irán. Foto:EL TIEMPO
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“Lo que veo posible es un cambio de régimen dentro del régimen”, explica. “Un sistema donde el poder pasa a una especie de gobierno militar nacionalista de la Guardia Revolucionaria, no necesariamente ligado a los ayatolás, pero dispuesto a dialogar con Occidente”.
En ese contexto, el dilema se vuelve evidente: aunque la superioridad militar de Estados Unidos e Israel es clara —Tel Aviv estimó que destruyó el 80 por ciento de las defensas aéreas de Irán—, transformar eso en un resultado político estable es mucho más difícil.
El informe también menciona el caso de Siria para ilustrar otro fenómeno: cuando sí ocurre una transición, suele ser porque existen estructuras políticas y administrativas previas capaces de sostener el poder. Según el CSIS, el liderazgo que surgió con Ahmed al-Sharaa logró construir con años de anticipación redes institucionales, algo que no ocurre cuando un régimen colapsa abruptamente por presión externa.
En muchos casos, los regímenes autoritarios sobreviven a sus líderes porque controlan las redes de poder. Irán no es una excepción. Por eso, incluso si la ofensiva actual logra derrocar al régimen, el resultado dista de ser predecible. El futuro del país podría tomar múltiples caminos y ninguno garantiza que se cumpla lo que Trump busca.
Santiago Andrés Venera Salazar – Redacción Internacional
