Lapatilla

En momentos de fragmentación política, la palabra “unidad” suele repetirse como fórmula casi automática. Sin embargo, no toda unidad es igual ni toda convocatoria a unirse responde a la naturaleza del desafío que se enfrenta. Hoy, más que una alianza electoral o un acuerdo circunstancial, lo que exige la realidad venezolana es una auténtica unidad de propósito: una coincidencia clara, racional y disciplinada en torno a un objetivo superior que ordene la acción colectiva y reduzca la dispersión estratégica.
La unidad de propósito es una forma de articulación política que no se limita a sumar partidos ni a acordar candidaturas. Se diferencia de la unidad electoral orientada a ganar una contienda, de la unidad programática centrada en consensos detallados de políticas públicas y de la unidad orgánica propia de la cohesión interna de un partido porque su núcleo es otro: la coincidencia explícita en un fin histórico superior que ordena la acción colectiva. Primero se define el “para qué”; luego se discute el “cómo” y el “quién”. Sin propósito común, la unidad es solo táctica; con propósito, se convierte en dirección.
A partir de enero, la situación política venezolana cambió. Se abrió una etapa distinta, marcada por un proceso tutelado cuya existencia es innegable para todos los sectores, independientemente de cómo se interprete o se valore. Ese nuevo escenario redefine márgenes de acción, condiciona tiempos y obliga a una lectura más realista del contexto. Negarlo sería ingenuo; sobredimensionarlo, irresponsable. Comprenderlo, en cambio, es condición necesaria para actuar con eficacia.
En este marco, insistir únicamente en fórmulas de unidad electoral resultan insuficientes. Lo que se requiere es una unidad de propósito orientada a un objetivo claro: un cambio político democrático que no se agote en la alternancia de poder, sino que abra paso a un modelo de desarrollo con bienestar social, institucionalidad sólida y garantías para todos. Desde una perspectiva socialdemócrata, el cambio no puede limitarse a lo político-formal; debe traducirse en derechos efectivos, oportunidades, justicia social y reconstrucción del tejido productivo.
El problema actual no es solo la fragmentación organizativa, sino la dispersión del sentido. Los egos, el radicalismo discursivo y las comunicaciones cargadas de emotividad reducen el rango de acción y generan confusión ciudadana. Cuando la competencia interna se desplaza al propósito común, el debate pierde altura estratégica y se convierte en disputa de protagonismos. En contextos complejos, la política exige responsabilidad antes que estridencia.
La unidad de propósito implica reconocer que el adversario principal no está dentro del campo democrático. Significa gestionar diferencias con madurez, evitar narrativas que distorsionen la realidad y construir un mensaje coherente que devuelva confianza a la sociedad. También supone aceptar que los extremos, aunque ruidosos, suelen estrechar los márgenes para acuerdos que hagan viable el cambio.
Hoy más que nunca, el sector democrático venezolano necesita definir con claridad su fin histórico: transición institucional, garantías políticas plenas y un programa de reconstrucción económica y social que coloque en el centro a la gente. El cambio político debe ir de la mano de un gran bienestar social; De lo contrario, será incompleto y frágil.
La invitación es sencilla pero exigente: menos protagonismo individual y más dirección colectiva; menos radicalismo improductivo y más responsabilidad histórica. La unidad de propósito no es una consigna romántica, es una herramienta estratégica. Si logramos ordenar voluntades alrededor de un objetivo superior —cambio democrático con justicia social— estaremos más cerca de convertir la esperanza en realidad y menos expuestos a que la fragmentación nos aleje del objetivo principal: transformar Venezuela con estabilidad, libertad y bienestar para todos.
IG,X: @freddyamarcano
