En las montañas del Quindío, y particularmente en 36 predios cultivados con plátano y banano de los municipios de Armenia, Calarcá, Génova, Buenavista, Montenegro y Quimbaya, algo invisible comenzó a mejorar la productividad de la tierra. No fue un fertilizante importado ni una maquinaria ruidosa. Fue un algoritmo, una fórmula que cabe en la palma de la mano y que hoy se instala en los celulares de los campesinos.
Se trata del Compostómetro, una aplicación móvil desarrollada por investigadores y docentes de la Universidad La Gran Colombia de Armenia –con el apoyo de la Gobernación del Quindío y la empresa AXM Green, y financiada por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación y el Sistema General de Regalías–, la cual está transformando la manera en que los productores de plátano y banano gestionan sus residuos orgánicos en el departamento. Más que una aplicación, es un modelo replicable de tecnología con raíces campesinas, y su promesa es tan simple como profunda: devolverle el equilibrio natural al suelo.
Durante décadas, el compostaje ha sido un arte transmitido por intuición y tradición oral: “Échele un poco más de estiércol”, “mézclelo con hoja seca”, “revise que no esté muy húmedo”. El saber campesino, ese que se aprende mirando el color de la tierra y oliendo el montón orgánico, ha sostenido la fertilidad de los territorios. Pero el cambio climático, la presión para aumentar la productividad y los estándares de certificación orgánica exigen precisión. Ahí es donde entra la ciencia.
El Compostómetro permite calcular automáticamente la relación carbono-nitrógeno (C/N), indicador fundamental para obtener un compost de calidad. En términos sencillos: si hay demasiado carbono, la revisión es lenta; si hay exceso de nitrógeno, el proceso se desequilibra y se pierden nutrientes. El punto justo es una armonía matemática que ahora puede visualizarse con gráficos, colores e indicadores en pantalla.
Detrás de esa interfaz hay un arduo trabajo interdisciplinario. Durante dos meses, ingenieros de sistemas tradujeron tablas agronómicas en algoritmos funcionales. Los investigadores definieron los porcentajes exactos de carbono y nitrógeno de 53 materiales distintos: desde hojas secas hasta estiércoles, desde residuos de plátano hasta subproductos de cosecha. El resultado es una herramienta que no solo calcula, sino que sugiere.
Si el productor ingresa que tiene diseño de plátano y estiércol de gallina, el sistema no se limita a arrojar un número. Recomienda cuánto agregar, con qué material complementario y cómo equilibrar la mezcla. Es, en palabras de uno de sus desarrolladores, “una balanza digital que aprende del campo”.
“La tecnología no puede quedarse en la ciudad. Tiene que mirar el campo y resolverle problemas reales a quien trabaja la tierra”, afirma Fernando Jaime Escobar, ingeniero líder del desarrollo. Con él trabajaron los ingenieros Juan Diego Rosero Ríos, Jhonny Andrés Restrepo Gallego, Anderson Fonseca López y Esteban Buitrago Lozano.
La aplicación se lanzó hace seis meses, funciona dentro de la plataforma Campo Regenerativo y está diseñada para ser utilizada tanto en computadora como en celular. Cualquiera puede acceder a ella ingresando a www.camporegenerativo.edu.co/contacto para solicitar un usuario, el cual será asignado por el equipo de informática del proyecto. Pensada para usuarios que no necesariamente están familiarizados con herramientas digitales, priorice la facilidad de uso. Con unos pocos clics, el productor puede crear su perfil, registrar su finca y comenzar a hacer simulaciones. Es aquí donde aparece uno de los elementos más innovadores: la memoria técnica.
Cada cálculo puede guardarse, reutilizarse y convertirse en una especie de bitácora digital. El sistema almacena históricos, ordena resultados por calidad y permite comparar mezclas anteriores. Además, genera fichas descargables en formato PDF que pueden imprimirse y entregarse al trabajador de la finca que no tenga acceso a internet. La receta –con cantidades, sugerencias y recomendaciones– pasa del celular al papel sin perder precisión.
En un departamento donde la conectividad aún es intermitente en zonas rurales, esta herramienta marca la diferencia. Además, el módulo administrativo amplía el alcance del proyecto: permite gestionar fincas, usuarios y materiales; visualizar estadísticas; georreferenciar períodos; analizar la cantidad de cálculos realizados y proyectar toneladas de compost generadas por año. Lo que comenzó como una calculadora se convirtió en un ecosistema digital para la toma de decisiones.
Y las cifras, aunque incipientes, ya cuentan una historia: fincas registradas, decenas de cálculos guardados, materiales actualizados. Incluso, visitas internacionales al portal desde países como Estados Unidos, Alemania e Indonesia.
“No concebimos el Compostómetro como un fin, sino como un medio para transformar realidades”, sostiene Bibiana Vélez, rectora de la Universidad La Gran Colombia de Armenia. “Es la evidencia de que la academia debe aprender haciendo con la comunidad”, agrega.
Integración con el campo
Esa filosofía de co-creación es, quizás, el corazón del proyecto. No se trata de diseñar una aplicación en un laboratorio y entregarla al campo como si fuera una receta cerrada. Hubo validaciones con productores, retroalimentación en veredas y ajustes según la experiencia real de quienes manipulan el compost diario.
Productoras como Esther Jaramillo, quien actualmente se encuentra en proceso de certificación orgánica, destacan que la herramienta facilita llevar el control de la relación carbono-nitrógeno, algo crucial para cumplir con los estándares internacionales. “Es súper fácil y súper bueno llevar el control”, afirma. La aplicación traduce el contenido por paladas o carretadas en proporciones exactas y, así, la intuición se convierte en dato verificable.
De esto también da cuenta Claudia Morales, propietaria de la Finca Miramar, en el municipio de Montenegro. “Me parece que es una herramienta muy buena, porque nos va indicando las cantidades para poder tener el nivel entre carbono y nitrógeno, para tener el equilibrio que le llaman. Nosotros ya tenemos un usuario y una contraseña. Entonces, cuando iniciamos a hacer la pila de compost, yo le voy introduciendo qué le voy a echar, digamos, si le voy a echar estiércol de vaca, hojarasca, y entonces le voy poniendo el nombre y las cantidades en peso”, cuenta.
Más allá de la funcionalidad actual, el equipo desarrollador proyecta nuevos módulos: gerencia tecnológica de la finca, monitoreo de variables ambientales y control de riesgos productivos, entre otros. El Compostómetro sería apenas la puerta de entrada a una plataforma más amplia de agricultura regenerativa digital.
Porque el desafío no es menor. El suelo, ese organismo que sostiene la economía agrícola de este y otros departamentos, enfrenta erosión, pérdida de nutrientes y presión productiva. Regenerarlo implica medir, ajustar, planificar, pasar del ‘más o menos’ al ‘exactamente’. Y, sin embargo, en medio de tanta cifra y algoritmo, el proyecto conserva algo profundamente humano: el diálogo de saberes.
La universidad trascendió las aulas y los laboratorios y se adentró en las montañas, veredas y fincas. Los productores dejaron de ser receptores pasivos y se volvieron coautores. La tecnología dejó de ser ajena al campesino.
El Compostómetro demuestra que la innovación no siempre llega en camiones brillantes ni en conferencias con asistencia masiva. En ocasiones se ve en forma de gráfica; en otras, llega en un PDF que viaja en moto o en la guantera de un viejo Willys.
En el fondo, la apuesta es cultural: que el agricultor se asuma como gestor de su propia fertilidad; que el dato no sustituyeya la experiencia, sino que la potencia; y que la ciencia no desplace el campo, sino que lo acompañe.
Si el proyecto logra consolidarse y replicarse en otras regiones, como ya lo visualiza la universidad, podría convertirse en modelo nacional. La base de datos es adaptable, el algoritmo ajustable, la metodología transferible. Lo replicable no es solo el software, sino el enfoque: construir tecnología con la gente y desde el territorio.
Mientras tanto, en una finca de Buenavista, alguien saca su celular antes de mezclar residuos. Revisa la proporción, ajusta una carretada y guarda el cálculo. Y, sin saberlo, participa en una pequeña revolución silenciosa.
En estos tiempos, donde la palabra sostenibilidad corre el peligro de volverse eslogan, tal vez lo verdaderamente revolucionario sea algo como esto: una aplicación que le devuelve la vida a la tierra, clic a clic, mezcla a mezcla, finca a finca.
*Docente Universitario
