La pizarra que cuelga detrás de la barra del Squat 17b, un local en Kiev, no enumera las ofertas de bebidas, sino que mantiene una cuenta regresiva de los días que los ucranianos deben soportar el duro invierno. En su interior, el bar carece de electricidad y está iluminado únicamente por velas, mientras los clientes tiemblan en los taburetes bebiendo cerveza enfriada por las propias temperaturas gélidas. Esta estampa, descripción por Tiempos financieroses el resultado de un invierno excepcionalmente duro, con temperaturas que han alcanzado los -20 grados centígrados.
Lo que está surgiendo en el este de Europa es una realidad que algunos analistas ya describen como “terror térmico”: el frío convertido en arma de guerra. Rusia no busca únicamente degradar la capacidad militar ucraniana; apunta deliberadamente contra subestaciones, centrales y redes de distribución para hacer básicamente inviable la vida cotidiana. Calefacción, luz y agua se convierten en objetivos estratégicos. Lejos de las trincheras, la primera línea del frente se ha trasladado a los transformadores ya las subestaciones eléctricas.
En las primeras semanas del año, las fuerzas rusas han atacado el sector energético ucraniano más de 200 veces. Rusia ha lanzado oleadas coordinadas de hasta 40 misiles y 400 drones en una sola noche, buscando desbordar los sistemas de defensa aérea. Ucrania perdió hasta dos tercios de su capacidad de generación eléctrica tras los primeros meses de bombardeos. Y aún así, la infraestructura resiste.
La nueva frontera del sabotaje
Ante el aumento de amenazas físicas e híbridas, la industria eléctrica europea ha comenzado a lanzar advertencias claras. “El último año nos ha demostrado que continuar con el modelo actual en Europa ya no es una opción”, afirmó Leonhard Birnbaum, presidente de Eurelectric, en declaraciones recogidas por Euronoticias. Para el sector, la seguridad del suministro electrico se ha convertido en una cuestión estratégica.
A finales de diciembre, los sistemas de seguridad de Polonia detectaron lo que su Gobierno calificó como “el ataque más fuerte contra la infraestructura energética polaca en años”. El grupo Sandworm —una unidad vinculada al GRU ruso— logró inutilizar las unidades terminales remotas (RTU) en al menos 30 instalaciones energéticas. Estas RTU no generan electricidad, pero permiten monitorear y controlar subestaciones y plantas. El ataque afectó a las plantas de cogeneración ya sistemas que conectan parques eólicos y solares con la red.
Para lograrlo, utilizaron un código malicioso destructivo conocido como limpiaparabrisasdiseñado exclusivamente para borrar archivos e inutilizar equipos de forma permanente. El primer ministro polaco, Donald Tusk, advirtió quede haber tenido éxito completo, medio millón de personas se habrían quedado sin calefacción en pleno invierno. Este uso de un limpiaparabrisas marca un salto cualitativo: Rusia ha pasado del simple espionaje digital al sabotaje destructivo contra infraestructuras críticas de un país miembro de la OTAN.
A la amenaza cibernética se suma el espionaje físico bajo el mar. El buque espía ruso yantaroperado por el director de investigación en aguas profundas de Rusia (GUGI), recorrió durante casi 100 días las aguas del Atlántico y del Mediterráneo. Su objetivo fue mapear y vigilar los cables submarinos de los que dependen de Europa y Norteamérica para sus comunicaciones digitales y su energía. Este tipo de operaciones encubiertas en la “zona gris” buscan medir las líneas rojas de la OTAN y abrir la puerta a posibles cortes de energía o comunicaciones para forzar negociaciones políticas.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Como recordaba el histórico general estadounidense Omar Bradley: “Los aficionados hablan de tácticas, los profesionales hablan de logística”. Para cualquier nación desarrollada actual, el sistema logístico más crítico es su infraestructura energética.
Durante décadas, Europa construyó un sistema energético profundamente dependiente de la importación de combustibles fósiles. La dependencia se convierte en vulnerabilidad. Como recordar Bloombergla Unión Europea pagó casi 22.000 millones de euros en importaciones de combustibles fósiles rusos el último año, más de lo que destinó en apoyo financiero directo a Ucrania.
Cambiar de modelo ha dejado de ser una cuestión climática para convertirse en puro instinto de supervivencia. El viejo continente ha comprobado que llenar su territorio de fuentes renovables y electrificar la economía levanta un muro estructural mucho más sólido que la vieja adicción a los fósiles extranjeros. Y el escudo ya está funcionando. Un vistazo a los datos recopilados por el grupo de expertos Ágora Energiewende en su último informe, La seguridad energética de Europa en el camino hacia la neutralidad climática, revela un colchón brutal: el simple despliegue de tecnología eólica y solar durante los últimos cinco años (2019-2024) evitó tener que comprar y quemar 92.000 millones de metros cúbicos de gas.
Sin embargo, esta transformación introduce nuevos riesgos. Las redes eléctricas modernas son más digitales, más interconectadas y más descentralizadas. Según el mismo informe de Ágora Energiewendeel desafío ya no es solo asegurar el suministro de combustible, sino garantizar estabilidad de red, ciberseguridad y resiliencia industrial. Más nodos implican más puntos de entrada potenciales para ataques. A ello se suma la dimensión tecnológica. Como recoge Euronoticiasentre el 70% y el 80% de los inversores solares instalados en Europa provienen de fabricantes chinos como Huawei o Sungrow. En un sistema altamente digitalizado, el control del hardware implica también un potencial control del software.
La energía como política de defensa.
Frente a esta vulnerabilidad, Europa está obligada a tratar la seguridad energética como una política de defensa de facto. Una coalición de expertos en defensa, que incluye a líderes militares retirados como el teniente general británico Richard Nugee y el general neerlandés Tom Middendorp, ha instalado a los gobiernos europeos para que el gasto en energía baja en carbono se contabilice dentro del objetivo de la OTAN de destinar el 1,5% del PIB a infraestructuras críticas y resiliencia civil.
En declaraciones recogidas por el guardiánel teniente general retirado Richard Nugee afirmó: “Para tener una fuerte disuasión militar necesitamos una patria resiliente. Y la energía baja en carbono es un componente fundamental”. Según Bloombergesta visión está ganando terreno en el debate estratégico europeo: la transición energética ya no es solo política climática; es arquitectura de seguridad.

La clave táctica de esta nueva defensa es la descentralización. A diferencia de las grandes plantas centralizadas que son blancos fáciles para los misiles, las turbinas eólicas y los paneles solares están mucho más dispersos geográficamente, lo que los hace significativamente menos vulnerables a los ataques a gran escala. Para sostener este nuevo modelo, euroelectrico propone tres pilares fundamentales:
- Mejor planificación: Los marcos de preparación deben abarcar toda la cadena de valor, incluir todos los vectores energéticos y anticipar las amenazas externas a largo plazo.
- Flexibilidad masiva: Será imprescindible implementar nuevas tecnologías de almacenamiento y gestión de la demanda para complementar la variabilidad de las energías renovables.
- Mercados eficientes: Las señales de precios deben permitir a los consumidores contribuir a la seguridad del suministro ajustando activamente su consumo.
El miedo a un colapso ya ha movido ficha en los despachos europeos. El primer gran movimiento se vendió en Hamburgodonde nueve Gobiernos acaban de firmar un pacto inédito para blindar el Mar del Norte. No solo van a levantar parques eólicos con capacidad para 100 gigavatios, sino que compartirán la vigilancia física y cibernética de toda esa infraestructura. Y la defensa no se quedará en la superficie: los estrategas de la OTAN tienen sobre la mesa el proyecto Bastión Atlántico. Su idea es sembrar el fondo del océano —en la ruta entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido— con micrófonos, sensores y drones submarinos para que nadie pueda acercarse a los cables estratégicos sin hacer saltar las alarmas.
Los nuevos cuellos de botella
La transición no elimina todas las vulnerabilidades. algunos expertos citados por euroactiv advierten que sustituir el gas ruso por gas natural licuado estadounidense podría equivaler a cambiar una dependencia por otra. Firmar contratos a largo plazo puede generar activos varados en un mercado donde la demanda de gas está destinada a disminuir estructuralmente.
Además, la dependencia de componentes críticos fabricados fuera de Europa plantea interrogantes estratégicos. El informe de Ágora Energiewende subraya la necesidad de priorizar la producción y reciclaje de materiales clave, así como de establecer criterios de seguridad específicos para electrónica de potencia y software de control.
La idea no procede únicamente del ámbito industrial o climático. En una columna de opinion del Tiempos financieros titulado Europa debería tratar la seguridad energética como una política de defensael exsubcomandante supremo aliado de la OTAN en Europa, Richard Shirreff, defendía que la seguridad energética debe tratarse como política de defensa de facto. Recordando que “los profesionales hablan de logística”, Shirreff advertía de que la infraestructura energética es hoy el sistema logístico más crítico de cualquier nación desarrollada. “La energía ya no es solo una mercancía para la prosperidad económica; es la primera línea de la defensa”, escribió.
Para el antiguo mando aliado, la lección ucraniana es clara: si un adversario puede apagar una economía, puede debilitar su capacidad de combate antes incluso de que comiencen las operaciones convencionales.
Sin energía no hay defensa
La vulnerabilidad energética de Europa nunca se ha debido realmente a la falta de combustible, sino a la dependencia. Ante las agresiones cibernéticas y el sabotaje físico, la energía ha dejado de ser únicamente un pilar para la prosperidad económica para consolidarse como la primera línea del frente de combate.
El mensaje de los estrategas militares y de la industria es unánime: para tener una disuasión militar fuerte, el continente necesita construir una retaguardia civil resiliente. En la era de la guerra híbrida, si Europa no puede iluminar sus ciudades y mantener funcionando sus economías, será totalmente incapaz de defender sus fronteras.
Xataka | Sandworm cruza la frontera: la unidad del GRU ataca las renovables polacas y desafía a la OTAN
