el inventor australiano Philip Nitschke lleva más de 30 años defendiendo que el derecho a morir no pertenece a los médicos, sino a las personas, y ahora vuelve a avivar el debate sobre la eutanasia con una propuesta más controvertida: quiere que la inteligencia artificial sea quién evalúe si una persona puede acabar su propia vida.
Recordemos que Nitschke ideó la cápsula de suicidio Sarco —un dispositivo 3D que permite a una persona activar la liberación de gas nitrógeno para provocar una muerte rápida sin sensación de asfixia— y, ahora, coincidiendo con el nacimiento de su nueva idea, sugiere que un sistema de IA se haga carga de evaluar la capacidad mental de quienes solicitan la muerte asistidaen lugar de una psiquiatra.
Para Nitschke, confiar en algoritmos podría ‘desmedicalizar’ el proceso y dar más autonomía a la persona que decide morir. Además, según el australiano, la evaluación psiquiátrica tradicional no siempre ofrece respuestas claras sobre la capacidad mental de cada persona, mientras que un algoritmo puede estandarizar y automatizar ese análisis. Por lo tanto, si la inteligencia artificial determina que la persona está en su sano juicio, la cápsula se activaría dándole al solicitante un plazo de 24 horas para confirmar su decisión de morir.
No obstante, el proyecto de Nitschke no se queda ahí, ya que trabaja en una versión doble de la cápsula Sarco —apodada como ‘Double Dutch’— que está diseñada para permitir que dos personas mueran juntas. Además, incorpora IA para evaluar conjuntamente la idoneidad de su uso en parejas.
No cabe duda de que estas dos ideas provocan reacciones diversas, desde quienes ven en ello una extensión lógica del derecho a la autodeterminación hasta alertas sobre los riesgos de delegar decisiones sobre la vida y la muerte a dispositivos. Además, reaviva una discusión ética intensa en torno hasta qué punto la IA puede sentenciar decisiones tan extremas.
Cabe mencionar que la cápsula Sarco ya fue objeto de controversias legales, por lo que la nueva idea de Nitschke también pone en el centro de la polémica no solo el papel de la tecnología en los últimos días de vida, sino también cómo las sociedades regulan el acceso a la muerte asistida y quién tiene la última palabra en estos asuntos personales.
