A menudo imaginamos la ciencia como una sucesión de protocolos y cálculos exactos. Sin embargo, los grandes saltos tecnológicos a veces ocurren cuando alguien decide salirse del guion establecido.
Esto es exactamente lo que le sucedió a Mya Le Thai, una candidata a doctorado en la Universidad de California Irvine (UCI). En 2016, mientras “jugaba” en el laboratorio, tropezó con un descubrimiento colosal que dejó atónitos a sus supervisores: había creado una batería infinita.
Para entender la magnitud del hallazgo, debemos conocer el obstáculo con el que se afrontaba el equipo de investigación hasta ese momento. Y es que llevaban tiempo experimentando con nanocables, filamentos millas de veces más finos que un cabello humano.
Estos materiales son excelentes conductores de electricidad y tienen una superficie amplia para almacenar electrones, el problema era su fragilidad. Al someterlos a los procesos químicos de carga y descarga, los nanocables se expanden y se vuelven quebradizos.
Tras unos cuantos ciclos de carga, la estructura se agrietaba y la batería permanecía inservible. La tecnología era prometedora sobre el papel, pero inviable comercialmente por su corta vida útil.
Oro, dióxido de manganeso y un accidente.
Un día, Thai decidió probar algo distinto, por lo que recubrió un conjunto de nanocables de oro con una capa de dióxido de manganeso y aplicó el ingrediente secreto: un gel electrolítico similar al plexiglás.
La combinación estabilizó la estructura de una forma que nadie había previsto.. Al poner el prototipo a prueba en los ciclos de carga, el equipo esperaba el fallo habitual. Sin embargo, el sistema siguió funcionando día tras día sin mostrar signos de fatiga.
Las cifras hablan por sí solas y ponen en perspectiva la obsolescencia programada actual. Para que te hagas una idea, la batería de iones de litio de tu portátil empieza a degradarse notablemente tras unos 300 o 500 ciclos de carga.
No obstante, la nanobatería desarrollada por Thai soportó 200.000 ciclos durante tres meses de pruebas ininterrumpidas sin perder capacidad. Esto equivale, en teoría, a una vida útil de 400 años.
Si esta tecnología llega al mercado de consumo masivo, cualquier dispositivo —tu coche eléctrico, tu móvil o tu ordenador— dejaría de funcionar mecánicamente décadas o siglos antes que la batería que lo alimenta.
El impacto medioambiental de este avance sería drástico, que eliminaría la necesidad de reemplazar baterías cada pocos años.lo cual reduciría masivamente la montaña de residuos de iones de litio que acaba en los vertederos.
¿Por qué las baterías actuales duran tan poco y cómo este descubrimiento cambia las reglas?
Es importante mencionar que las baterías de iones de litio actuales tienen un talón de Aquiles, y es que su química interna es inherentemente autodestructiva. Funcionan mediante un electrolito líquido que facilita el movimiento de iones entre el cátodo y el ánodo, pero este líquido es volátil y corrosivo.
Con cada ciclo de carga y descarga, se generan reacciones químicas que degradan los materiales internos.creando microfracturas y acumulando residuos que reducen progresivamente la capacidad de almacenamiento. Por eso, tras dos años de uso, tu móvil deja de ofrecer la misma autonomía.
El desarrollo de la Universidad de California Irvine ataca este problema de raíz al sustituir el entorno líquido por la estabilidad del gel. La innovación no reside solo en usar nanocables de oro —que ofrecen una conductividad excepcional—, sino en cómo el recubrimiento de dióxido de manganeso y el gel electrolítico actúan como una armadura flexible.
Esta capa protectora evita que los filamentos se agrieten o se rompan bajo el estrés eléctrico, permitiendo que la transferencia de energía ocurra sin el desgaste mecánico que condena a las baterías convencionales.
Si esta tecnología logra escalar desde el laboratorio a la producción industrial, estaríamos ante un cambio de paradigma histórico para la electrónica y la automoción.
Imagina comprar un vehículo eléctrico sabiendo que el paquete de baterías, que hoy es el componente más caro y perecedero, mantendrá su rendimiento intacto durante toda la vida útil del chasis.
Esto eliminaría la ansiedad por la degradación de la autonomía y transformaría la gestión energética global, permitiendo almacenar energía renovable en infraestructuras que no requerirían mantenimiento ni sustitución durante décadas.
