La NASA redefine su presencia en la Luna con una infraestructura pensada para quedarse, y no solo para “tocar y volver”. Tras cancelar la estación orbital Puertala agencia concentrará cerca de 20.000 millones de dólares durante los próximos siete años en levantar una base permanente en la superficie, reutilizando parte de los módulos ya construidos para el proyecto original. El complejo se ubicará en la región del polo sur lunar, una zona clave por la presencia de hielo de agua en cráteres en sombra permanente, recurso esencial para producir oxígeno, agua potable y, a futuro, combustible.
El corazón de esta nueva arquitectura será el llamado. Campamento base de Artemisaun conjunto de infraestructuras conectadas que incluye un gran hábitat de superficie —el Foundation Surface Habitat— capaz de alojar a cuatro astronautas durante estancias de uno o dos meses. Este módulo combinará una sección metálica presurizada con pisos superiores inflables para ganar volumen habitable sin disparar el peso en el lanzamiento, siguiendo conceptos similares a los que se han estudiado para estaciones espaciales comerciales. A su alrededor operarán dos tipos de vehículos: un rover presurizado para expediciones de larga distancia y un Lunar Terrain Vehicle abierto para trabajos de proximidad, más una serie de cargueros robóticos encargados de mantener la logística desde la órbita.
Otro de los grandes cambios está en la manera de alimentar energéticamente el complejo. La base combinará grandes granjas solares verticales, diseñadas para aprovechar al máximo la luz casi continua en las crestas del polo sur, con reactores de fisión compactos capaces de ofrecer decenas de kilovatios de potencia durante la larga noche lunar. Estos sistemas permitirán mantener en marcha los hábitats, laboratorios y rovers incluso durante los periodos de oscuridad de hasta 14 días, algo imposible solo con paneles y baterías convencionales. La propia topografía —con cráteres permanentemente sombreados— se usará como ventaja: la regolita servirá de escudo natural contra la radiación y de disipador térmico para los sistemas nucleares.
La hoja de ruta contempla, además, infraestructuras pensadas para “fabricar con lo que hay”. Demostradores de uso de recursos in situ (ISRU) buscarán transformar la regolita en materiales de construcción mediante sinterizado con microondas o láser, levantar “cúpulas” protectoras sobre los módulos y extraer oxígeno y otros compuestos útiles del suelo. Con ello, la base dejaría de depender completamente de la carga lanzada desde la Tierra y se convertiría en un banco de pruebas para tecnologías logísticas, energéticas y de habitabilidad que más adelante deberían escalar a misiones tripuladas a Marte.
