Antes de que un solo misil Tomahawk cruce el espacio aéreo iraní, otro tipo de arma ya está trabajando. No destruye radares ni derriba aviones, pero sin ella nada de lo demás sería posible. Los EA-18G Growler del escuadrón VAQ-133, embarcados en el USS Abraham Lincoln, son los encargados de inutilizar las defensas antiaéreas de Irán mediante interferencias electrónicas masivas. Y lo hacen con una configuración de armamento que no se había visto hasta ahora.
Las imágenes captadas la semana pasada muestran algo inusual. Bajo el ala derecha, un pod AN/ALQ-249 del programa Next Generation Jammer-Mid Band (NGJ-MB), el sistema de interferencia más moderno de la Armada estadounidense. Bajo el ala izquierda, un pod AN/ALQ-99, el veterano Tactical Jamming System que lleva en servicio desde los años setenta. Es una combinación asimétrica que rompe con la doctrina habitual de montar dos unidades idénticas.
¿Qué sentido tiene mezclar tecnología de dos generaciones distintas? Las razones son probablemente pragmáticas.. El NGJ-MB incorpora una antena AESA (de barrido electrónico activo) y una arquitectura modular abierta que le permite adaptarse a nuevas amenazas, pero arrastra problemas de confiabilidad. La Oficina del Director de Pruebas y Evaluación del Pentágono señaló que, con el software OFP 5.3, el sistema aún no es apto para misiones operativas por fallos de disponibilidad.
Dos generaciones para cubrir todo el espectro.
El AN/ALQ-99, pese a sus décadas de servicio, ofrece algo que el NGJ-MB todavía no cubre por completo: bandas de frecuencia alta y baja que el sistema de nueva generación, centrado en la banda media, no alcanza. La configuración mixta permitiría al Growler saturar un abanico más amplio del espectro electromagnético, desde los radares de búsqueda de largo alcance hasta los sistemas de guiado terminal de los misiles tierra-aire iraníes. Los recientes ataques con drones Shahed contra radares terrestres del THAAD han demostrado que cubrir todas las bandas no es un capricho técnico, sino una necesidad operativa.
Según publicó The War Zone, la Armada ya ha distribuido el NGJ-MB entre cinco escuadrones de ataque electrónico. Pero el hecho de que en combate real se recurre al viejo ALQ-99 como complemento dice mucho sobre el estado de la transición tecnológica. Un informe de la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno (GAO) de 2020 ya advertía de que llevar dos pods NGJ-MB junto con un ALQ-99 en la estación central reducía la radio de acción del avión.
La solución vista en el Lincoln —un pod de cada tipo más tres depósitos de combustible externo—sugiere que el objetivo es mantener tanto la cobertura espectral como la autonomía de vuelo necesaria para misiones prolongadas sobre territorio hostil.
El escudo invisible de la Operación Epic Fury
La función del Growler en la campaña contra Irán no es secundaria. Es la condición previa para que todo Lo demás funciona. Los F/A-18E/F Super Hornet, los F-35C y los misiles de crucero lanzados desde buques necesitan que los radares iraníes de defensa aérea estén cegados o confundidos antes de penetrar el espacio aéreo enemigo. Sin esa cobertura electrónica, las pérdidas serán inaceptables.
La compañía Raytheon —ahora parte de RTX— firmó en marzo un contrato de 489,3 millones de dólares para integrar el sistema AN/ALQ-264 Beowulf en la flota de Growler. Se trata de un módulo interno complementario a los pods externos que amplía las capacidades del avión sin ocupar puntos de anclaje bajo las alas.
A más largo plazo, la Armada tiene previsto completarse la familia de interferidores de nueva generacion con el NGJ-Low Band (AN/ALQ-266), cuya capacidad operativa se espera para 2029 tras retrasos contractuales. La Armada busca otras vías para compensar esas carencias mientras llegan. Después vendrá el NGJ-MBX, una versión extendida hacia frecuencias superiores cuyo calendario sigue siendo difuso. La banda alta (NGJ-HB) permanece en fase de estudio sin fecha comprometida.
Mientras esos programas maduran, los pilotos del VAQ-133 combaten con lo que tienen: una mezcla de viejo y nuevo que ilustra la distancia entre los planos de adquisición del Pentágono y las exigencias reales del campo de batalla. La guerra electrónica no es un lujo doctrinal; es la primera línea de defensa. Y ahora mismo, esa línea vuela con un ala en el siglo XXI y la otra en los años setenta.
